EL ENEMIGO INTERIOR

 

EL SÁBADO FUE EL DÍA MUNDIAL CONTRA EL CÁNCER. SEGÚN TODAS LAS INFORMACIONES CIENTÍFICAS, EN LOS PAÍSES LLAMADOS DESARROLLADOS, LA ENFERMEDAD AFECTARÁ A LA MITAD DE LOS HOMBRES Y UNA DE CADA TRES MUJERES. AL PARECER EL OBJETIVO DE ESTE DÍA ES TOMAR CONCIENCIA DEL ALARMANTE AUMENTO DE LA ENFERMEDAD.

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El cáncer es una enfermedad causada por los cambios en los genes que controlan el funcionamiento y el crecimiento de nuestras células. Algunas de las células del cuerpo empiezan a dividirse sin detenerse y se diseminan por los tejidos. Un enemigo interior que busca desarrollarse de forma incorrecta, maligna y antinatural. Incluso tratando, poéticamente hablando, de encontrar el elixir para no envejecer, como han apuntado algunos científicos.

Sin embargo, en esta alocada búsqueda de las células para evitar su envejecimiento y su degeneración, se convierten en monstruos que eliminan todo lo que encuentran a su paso; sin saber que esto les conducirá a su propio exterminio. Hay más de cien tipos de cáncer agrupados en familias cuyo solo nombre ya causa pavor: Carcinoma, sarcoma leucemia, linfoma o melanoma, por citar los más conocidos. Todos esperando en el fondo de nuestras entrañas para manifestarse.

Pero la culpa no es solo de estas células mutantes, algo les provoca su cambio y su locura. La respuesta está en nuestros hábitos. La comida de hoy es insana pese a disfrazarse en ocasiones: ¡Cinco frutas diarias! o ¡mucha verdura!; sin embargo, no sabemos ni los pesticidas, ni el riego, ni el almacenamiento que han sufrido. Las carnes y pescado han sido tratados y alimentados con harinas de dudosa pureza  y más incierta procedencia. El marisco bañado en mareas negras, o conservado artificiosamente. La polución, consecuencia de la sociedad industrial y moderna, es nuestra espada de Damocles. Y a todo esto hay que añadirle nuestros propios defectos: sedentarismo, alcoholismo, drogadicción, medicación impropia o estrés y nuestros propios demonios internos: la culpa, el rechazo, los odios y las contradicciones. Todo preparado para una revolución interior que pretende renovar nuestras células, pero que mata en el intento.

En este día internacional del cáncer, sólo podemos desearnos suerte, valor, ánimo y optimismo y saber que cada día hay más supervivientes – yo soy uno de ellos – a pesar de todo. Porque si esperamos que los políticos regulen, controlen y prevengan los factores arriba apuntados o destinen más dinero a la investigación que para salvar bancos, para sus mordidas y prevaricaciones, vamos aviados y nunca mejor dicho. Y es que las células enfermas y malignas no sólo crecen en nuestros organismos, también en el tejido social.

 

 

Jordi Siracusa

ABOUT THE AUTHORJORDI SIRACUSA

Poeta, articulista y escritor. Nacido en Barcelona hace ya un tiempo, ciudadano del mundo y residente en Zaragoza. Estado civil: enamorado. Le gusta reflexionar sobre las contradicciones del mundo y las propias, y explorar los caminos de la utopía. Anda pidiendo verdades desde su columna de “Rebelde con causa” hace más de diez años, y asomándose cada semana desde “Los lunes malditos”.

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EL SER HUMANO ES LA MÁQUINA MÁS PERFECTA Y, PARADÓJICAMENTE, UNA DE LAS MÁS DELICADAS POR SU FRAGILIDAD.


 

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Un cerebro capaz de los mejores descubrimientos y un espíritu pleno de sentimientos y preparado para los mejores entendimientos; capaz de sentir piedad, solidaridad y amor. Con todos estos ingredientes podría decirse que la verdadera piedra filosofal capaz de transformar al mundo somos nosotros mismos.

Por eso inquieta que, frente a estas posibilidades casi infinitas, también se encuentran los extremos más miserables, la maldad más retorcida, la avaricia más insolidaria y las fobias más repugnantes. Es como si este ser, dotado para lo mejor, tuviese en su amalgama vital la posibilidad de transformar la pureza del oro innato en un vil metal incapaz del más mínimo sentimiento. Así encontramos a lo largo de la historia nombres de personajes que no merecen el calificativo de seres humanos. Sin embargo, por fortuna, la mayoría de nosotros somos dignos de llamarnos así.

Ante la avalancha de gentes que huyen del hambre, la muerte y la persecución – gentes como nosotros – tenemos que abrir nuestras fronteras y nuestros corazones. Dirán muchos de ustedes que, con lo que le está cayendo a la vieja Europa, la llegada de gentes necesitadas puede asustar; porque no hay nada más miserable que la creencia de que somos mejores que los demás. Tal vez sea el mismo temor que hace cien, doscientos o quinientos años, sintieron los antepasados de los que hoy buscan refugio al ver llegar a los conquistadores, a la delgada línea roja del ejército británico, o a la infantería de marina de los Estados Unidos.

Si amigos, Europa ha sido capaz de llevar su cultura allende los mes, arpero al mismo tiempo transformar, someter y cambiar otras tan antiguas que se pierden en los principios de la civilización. Sin embargo, nuestra gloria real se debe a ser tierra de acogida, cuna de la  democracia y lugar de tolerancia. En consecuencia debemos ser capaces de saber administrar todo este éxodo que se nos viene encima.

No voy a negarles que, entre toda esta gente de aspecto desesperado y todos esos niños que precisan de cariño y de futuro, existe la posibilidad de que se cuelen algunos fanáticos con aviesas intenciones. Pero siempre serán minoritarias frente a esas influyentes personas que desprecian, traicionan o explotan a sus conciudadanos y que son xenófobos en su casa y turistas sexuales o traficantes de armas, drogas o de almas en otros lugares. Debemos defendernos de los unos y de los otros, porque ambos tiene distintas formas de matar pero son igual de letales.

Abandonar a otros seres humanos para mantener nuestra parcela de tranquilidad – y de cómoda intransigencia – es impropio de la grandeza de espíritu; disconforme con ese don de ser solidario y justo; y disonante para entonar los sentimientos más elevados. La mayoría no somos así, somos barro; pero arcilla capaz de moldearse en la mejor de las obras de arte. Los otros, los que no han sido capaces de la transformación vital son fango, fango pantanoso, arena movediza que se agita sólo por  su propio beneficio o por las consignas de unos cuantos descerebrados incapaces de jugarse su pellejo y manipulando a otros miserables.

Aquí estamos, con nuestra vieja Europa a cuestas. Llenos de heridas y de cicatrices; de persecuciones y de éxodos, de locos que quisieron someter al mundo o imponer sus voluntades. Somos sólo supervivientes. Como los que hoy esperan frente a nuestras fronteras.